Relato: Rosa

El recuerdo de Rosa llegó como suelen llegar todas las cosas (buenas y malas) en esta vida: de forma inesperada. Y lo hizo como era ella, sin aspavientos, intentando pasar desapercibido, pero calando en lo más hondo. Simplemente unas pequeñas palabras escritas con letra menuda y redonda en el reverso de la portada de aquella vieja novela de páginas ya amarillentas que saqué de la última caja de la mudanza, esa que llevaba tres años en un rincón del despacho, ya casi un mueble más, siempre cubierta por nuevos libros, notas, libretas o por qué no decirlo, cestas de ropa recién lavada esperando a ser doblada. “Espero que te guste”, junto a su firma eléctrica y la fecha.

Posiblemente la novela no me gustó demasiado. No recuerdo casi nada de los protagonistas, ni del argumento, seguramente ridículo y lleno de clichés. Pero no podré olvidar jamás el verano en que, con mirada divertida, ella esperaba cada tarde mi comentario sobre lo bobo que era el protagonista, o lo flojo que era el vocabulario del autor. O como se desenganchó la segunda hoja, aún suelta, de tantos viajes en el petate hacia la playa, riendo cómplices al ver a su madre eternamente asomada al balcón, hasta que nos perdíamos tras las rocas a besarnos hasta que se acabara el verano. Aquella novela, la que reposaba sobre la mesita la primera noche que conocimos nuestros cuerpos desnudos y llenos de deseos de vivirnos, y la que terminé al día siguiente, en la penumbra del amanecer, al verla despertar a mi lado, tan hermosa, tan joven, tan feliz.

Fue entonces, hojeando ese ajado y desgastado libro, cuando brotó mi primera lágrima desde que nos dejó.

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